miércoles, 19 de octubre de 2016

ULTIMO LIBRO DE POESÍA DE LA ETAPA 90

"La poesía de Ildefonso se pasea ebria por Lima la ruca, y él la poetiza con esa furia épica de juglar-haravicu en versos que arrancaron a más de 200 km por hora atravesando todas las luces de neón allá por los primeros años de los 90, cuando aun sentíamos la resaca de la Guerra interna y se nos asomaba una dictadura que perseguía a los libres de verdad.
Allí escribió Miguel enfurecido, maldito, beat urbano, y persistió en la búsqueda, y hoy tras más de 25 años sé que encontró el verso perfecto o tal vez aun, conociéndolo, siga atrás de el ".
RENATO SALAS. Poeta (Lima, 1971). Perteneció al grupo de poesía en los 90s "Cultivo". Publicaciones: "Desde el Colchón", "De Lima a Vitarte" y Corsé"


Diario animal es el último libro que cierra un ciclo compuesto por los siguientes títulos:

2016 - Manifiesto
2016 - El hombre elefante y otros poemas
2011 - Escrito en los afluentes
2010 - Dantes 
2010 - Todos los trágicos desiertos 
2010 - Libro de exilio
2008 - Himnos 
2008 - Los desmoronamientos sinfónicos
2005 - Heautontimoroumenos
2004 - M.D.I.H.
2002 - Las ciudades fantasmas
2001 - Canciones de un bar en la frontera

1999 - Vestigios

DIARIO ANIMAL
O LAS BATALLAS QUIETAS DE MIGUEL ILDEFONSO
Por: Darwin Bedoya


La poesía de Miguel Ildefonso tiene tratos con las batallas de la vida y de la muerte: ha seguido una ruta paralela a la de Dante Alighieri: infierno, purgatorio y paraíso. Quizá esto tenga que ver con lo que decía Rilke alguna vez en sus Elegías de Duino: lo bello no es sino el comienzo de lo terrible. Desde Vestigios (1999) hasta este libro, Diario animal (2016), que cierra una época, encontramos en la poesía de Ildefonso textos que reflejan los espacios menos gratos, los sitios más oscuros de la existencia humana mostrados al lector con voluntad de choque, para que la colisión les abra los ojos a una realidad velada por las luces y el ruido insoportable de la sociedad en la que nos ha tocado vivir. Diario animal (Hipocampo Editores, 64pp. 2016), reúne 38 poemas que narran silenciosamentelos viajes y retornos del poeta. En las páginas de este breve libro encontramos otra vez esa representación del sujeto migrante en su citadina épica cotidiana de la que hablaba Paolo de Lima. Una poética de la tensión de la imagen donde el sujeto/personaje está en distintos lugares y va narrando y anotando, a modo de diario, lo que siente y lo que piensa: lo que vive y lo que muere.
Si bien la poesía de Miguel Ildefonso (Lima, 1970) expresa también la hibridez de la cultura peruana, lo marginal, el desencanto por lo urbano, lo metapoético; en Diario animal aparece también ese halo profético donde el sujeto poemáticodescubre que puede aniquilarse o que puede ser eterno: Agotada la polilla sola en un bosque de edificios y cables / yo sería aquella polilla pero solo me queda el cansancio / las sombras de palabras que fui domesticando en habitaciones lúgubres de hostales lejanos / la polilla no tiene memoria como el dolor / solo es un sueño / solo es la abreviatura de una vida / el intento de ser el reflejo de una luna muerta escrita en estas batallas quietas (La polilla, p. 16). Devolverle la palabra al poeta es empezar otra vez el mundo. Como en La Odisea, Ildefonso nos habla de volver a Ítaca, desde la sombra de los escombros, llegar a las ruinas de la casa. Jugar a los dados en esa vida underground. Irse para volver al lugar poético. En Diario animal están Apolo, Durham, Juárez, Lima, Texas, EE.UU., México, el Norte, el Sur, otra vez Apolo, otra vez Lima o cualquier lugar del mundo: Tirado en el cemento/ de una calle sucia/ silbando en la neblina/ del invierno claro/ y lleno de sinestesias/ allí ve a Dios/ que también gusta de la música… (El ángel caído, p. 20). Estas batallas de las que habla el poeta tienen que ver con el retorno y la partida. El dolor. La ausencia. El recuerdo: el paraíso de Dante, el lugar para vivir: la casa familiar: es una pequeña casa que habita una casa infinita/una habitación donde apenas/ puede entrar la mitad de un amor (La mariposa, p. 33). Pero cuando el poeta habla de su hábitat terrenal, también habla de su otro gran hogar: vivo en la poesía/ de niño no lo sabía/ ella estaba hecha solo de silencio/ pero luego (a los 17 así) se hizo de palabras/ simples palabras como estas/ yo vivo aquí/ en este poema que no escribo/ sino que se hace visible ante la luz del mundo… (La salamandra, p. 34).

En la última parte de Diario animal: EX-LIBRIS/ Nocturno de Lima, el poeta habla de un viaje que no es sino el volver a casa. Y en este poemael más extenso y logrado del libro, nos habla, una vez más, del eterno ir y venir, del viaje, del retorno como una insistencia para marcar territorio o como el que sabe que no debe irse porque no sabe despedirse y por eso retorna a la Ítaca de toda la vida: aquí está / lo vemos esperando su carro / metido ya en la noche desplegando sus alas que no pueden volar / esperando y sonriendo/con el viento ácido / con la cruz del cerro negro al frente / los faros guiándolo / aquí está él / perdido en la tierra sedienta de ese cuerpo divino airado loco animal… (Nocturno de Lima, p. 58).El poema es una autobiografía, un retrato hablado del país y sus aristas más altas y bajas. Ildefonso cierra así un período, una vida: …entonces quedan aquí las palabras nada más/ queda en esta línea: un punto final. (La pulga, p.27), este libro final (todos los poemarios de Ildefonso son un solo poema, como él mismo lo ha afirmado en algunas ocasiones) es un canto, literalmente, una sucesión de cantos a la vida, al viaje, al retorno, a la poesía misma, por eso encontramos, por momentos, registros levemente disímiles que, de alguna manera, delatan una enunciación plural y abierta a la diferencia, al cambio, al desafío. A la manera de Luchito Hernández, Ildefonso ha ido publicando no cuadernos, sino libros de poesía fracturados que son un todo y que culminan con este poemario. Así, la voz de Ildefonso desde su consagración con Las ciudades fantasmas (2002) no puede confundirse con la de ningún poeta, pues la suya se ubica entre las más singulares, inquietantes y hondas porque, como él, sabemos que: Un poeta/ solo es quien va dejando sus poemas al olvido.

M.D.I.H.


HOTEL LIMA (Miguel Ildefonso). Por: Carlos Lujan Andrade
A mediados de los 80, el rock estadounidense se vio ante una situación que marcaría el destino de su industria. El Centro de Recursos Musicales de Padres (PMRC) logró que se colocara en los discos que contenían letras con lenguaje vulgar y explícito una etiqueta que advirtiera a los padres el tipo de música que sus hijos iban a escuchar. Más allá de reflexionar si dicha medida fue pertinente o no, traigo a colación ese hecho pues me vino a la mente luego de leer el libro Hotel Lima (2006) de Miguel Ildefonso. Y es que, como algunos ya lo sabrán, cuando se publicó este libro hubo quienes pretendieron iniciar un debate sobre si esta obra era una novela o no. 

Recordemos que Hotel Lima fue publicado hace diez años y quizás por entonces la narrativa peruana era demasiada encajonada para darle siquiera el beneficio de la duda a un libro ambiguo que tenía otras pretensiones. En la misma portada, tímidamente (pequeña y en letra script) dice - como no queriendo la cosa - que lo que vamos a leer es una novela. Y desde mi punto de vista, sí lo es. Efectivamente, sucede poco en su mundo real, mencionándolo como advertencia a los futuros lectores ya que para los que aún no aceptan la legitimidad del uso del nombre novela, sería necesario, ahora sí tengo que decirlo, sobre esa nota de advertencia que mencionaba líneas arriba. Una que debe decir en todo libro que introduzca la prosa poética dentro de un cuerpo narrativo: Advertencia de contenido, poesía explícita. 

Lo desarrollado en Hotel Lima no proviene directamente de lo externo, sino desde la visión del personaje que introspectivamente va desgranando sus emociones, experiencias sexuales, sus visiones oníricas, etílicas, recuerdos de infancia ante estímulos que justamente provienen de una desesperada búsqueda de un camino que el Maestro Humareda le podría enseñar.

La poética narrativa con la que descubrimos al personaje es asfixiante, de figuras interminables solamente interrumpida por la ciudad violenta entre explosiones, luces diurnas, melodías, figuras femeninas que extravían o simplemente un techo descascarado. Aquello nos deriva hacia diferentes dimensiones narrativas, entre el drama, los monólogos, los diálogos alucinados con personajes literarios que deambulan etéreamente entre la tristeza y la melancolía de Dante, el personaje que hace el viaje poético en el que consiste la trama de Hotel Lima. Sin embargo, es advertido que ahí no encontrará respuestas. El Maestro imaginario rechaza su búsqueda desesperada: “Es solamente mi verdad. No hay imagen ni semejanza de nada. Por eso yo no voy a curar tu dolor. Eso lo dejo para los charlatanes. Aunque llegues a creer totalmente en mí o en lo que dicen las palabras, llegará el momento en que dudes de todo. El lenguaje cansa y finalmente me matarás”.

Ildefonso agota el lenguaje, exprime sus posibilidades en figuras descriptivas de fuste pues coloca a todos sus demonios visualizados como amantes - así tenemos a Silvia, Beatriz, Laura, Emma -  o con diálogos realmente logrados usando imágenes simbólicas del pintor Humareda, como la de Marilyn y el Arlequín, sin perderse en divagaciones y argumentos innecesarios.

Es cierto que el paisaje refleja la marginalidad de un individuo tan inmerso en la tristeza citadina pero a la vez arraigado profundamente a ella. Humareda y Dante se confunden en angustias claustrofóbicas y descarnadas,  encaminándolos a ese viejo y oscuro Hotel Lima donde ambos se embriagaban para adentrarse en sus secretos de vida y de ciudad, plasmado en el “Libro”, escrito por el personaje principal y el que terminará por extraviarse a voluntad.

A través de los cuatro actos que componen Hotel Lima, Ildefonso se arriesga a contar la historia de un autodescubrimiento destructivo. En donde Dante al final decide salir del “vientre de ballena” que había sido la habitación 283, al perder en sí mismo toda la lúgubre luz de una vela ya extinta. Y así caminar por el desierto hasta encontrarse con una iluminación. Imagen que me recuerda a Jonás descrito por Gastón Bachelard al hablar del cuadro La Biblia de Marc Chagall, en esta él nos dice:

“¡Cuántas veces desde que tengo el libro de Chagall en mi habitación de flancos cubiertos de libros, no he vuelto a alimentar mi ensueño con las imágenes de Jonás! (…) El cetáceo está allí, unas veces más pequeño que el Profeta, otras dirigiendo al náufrago. Así lo exigen los ensueños que juegan hasta lo indecible con la dialéctica del continente y del contenido. ¿No es también el mar por sí solo un pez gigantesco? Jonás realmente se hunde en las aguas. Desde el primer naufragio, fue el mundo de las aguas el que engulló al Profeta: “Me envolvían las aguas hasta el alma, me cercaba el abismo, una alga se enredaba a mi cabeza (Libro de Jonás, II, 6). Pero, desde el fondo de aquel sepulcro marino, desde el fondo de aquella tumba viva que es el pez engullidor, Jonás ruega al Señor. El vientre de la ballena es un oratorio.
Entonces llega el momento en que Jonás abandona el mundo de las escamas para ser arrojado sobre la playa de arena. Jonás regresa con los hombres y empieza su destino de Profeta y Chagall no los muestra cuando corre a Nínive para llevar allí la palabra de Dios”.

La caótica e idealizada representación emocional de Dante y Humareda se desmoronan con la imagen de ciudad marginal donde conviven, pues uno se pregunta: ¿cómo acallar el ruido de ciudad con el ensordecedor y poético vacío del color? Y claro, ¿dónde hallarlo? si se decía a sí mismo, en uno de los alucinados discursos:

“Si tú vieras esos rostros cayéndose a pedazos, bloques de pintura ocultando viejos recuerdos que a su vez ocultan olvidados sueños, todos marchitos, resquebrajados entre el ensordecedor ruido de Lima. Porque en ese tránsito de humo, si tú vieras esas capas de tiempo superpuestas derrumbándose en la tarde nublada que quiere perderse en cada paso y desnudando el elemento sagrado de mi sexo como un prófugo deseo sin ir a ninguna parte, ávido de todo cuerpo blandido en el amor, caminando bienaventurado entre los que yacen tirados en las veredas, en las plazas meadas, sin mirar atrás, obnubilado con la visión que espero en cada calle porque me encuentro solo, porque no espero nada de esta realidad sino una vida más real, abrir los párpados limpiamente a través de la ventana del Hotel, ser en ese instante de percepción el leve deseo que mueve las demás acciones con ese denso impulso quemado bajo el rumor hueco de la tarde, entre el comercio callejero, semáforos de la miseria oliendo a sobacos, músicas estrepitosamente arrojadas por los parlantes, como en un barco en altamar frente al sol rojo”.

Lo gris de la ciudad acoge esta no-novela  - parafraseando a Ildefonso -  que al igual que la no-poesía, detona una bomba poética dentro de la narrativa descriptiva y realista. El mundo de Hotel Lima es de ensueño turbio, ebrio y oscuro. Es como si Gastón Bachelard hubiera escrito el Bajo el Volcán de Lowry, porque podríamos agregar este libro a otro de sus textos como los de “la imaginación y la materia” en los que compenetra los elementos con los sueños. Entonces, ¿qué diríamos de este libro?: ¿El pintor y los sueños? ¿el poeta y los sueños? ¿Humareda y Dante y los sueños?

La imaginación poética se desborda en esta novela de Ildefonso, remece la estructura de la rigidez narrativa para diluirla con su poesía renovada, porque más que muestra, ensueña y nos confirma lo escrito por Bachelard:

“La imaginación inventa algo más que cosas y dramas, inventa la vida nueva, inventa el espíritu nuevo; abre ojos que tienen nuevos tipos de visión. Verá si tiene “visiones”. Tendrá visiones si se educa en las ensoñaciones antes de educarse de experiencias, si las experiencias vienen después como pruebas de esas ensoñaciones. Como lo ha dicho D´Anunzzio: “Los acontecimientos más ricos no llegan mucho antes de que el alma se dé cuenta. Y cuando comenzamos a abrir los ojos sobre lo visible, ya éramos desde mucho tiempo atrás adherentes a lo invisible.

En esta adhesión a lo invisible consiste la poesía primera, la poesía que nos permite tomarle el gusto a nuestro destino íntimo. Nos da una impresión de juventud al concedernos sin cesar la facultad de maravillarnos. La verdadera poesía es una función de despertar”.

En Hotel Lima llegan las ensoñaciones antes que la experiencia, la ciudad, el pintor, sus demonios, las calles, los individuos. El personaje toma lo sensitivo para que le permita abrir los ojos ante un mundo que no llega a alcanzar.


https://elburrocomelibros.lamula.pe/2016/11/05/hotel-lima-miguel-ildefonso/cverlaine/


UNA ESTÉTICA DE LO GROTESCO:
El hombre elefante y otros poemas de Miguel Ildefonso
Darwin Bedoya

Entre todas las artes la poesía es la única que ya no existe... dice, en las antípodas, uno de los poetas más actuales y más activos en nuestro mapa literario de hoy, tal vez sea uno de los integrantes más prolíficos y descollantes de la poesía peruana de los 90: Miguel Ildefonso. Ha publicado alrededor de una docena de libros de poesía, entre los tres últimos títulos está El hombre elefante y otros poemas, 130 pp. Fondo Editorial de la Asociación Peruano Japonesa, 2016. Este nuevo libro —al igual que casi todos los poemarios publicados por nuestro poeta—, ha sido merecedor de un importante reconocimiento: el Premio José Watanabe Varas de la Asociación Peruano Japonesa, 2015.
Desde Vestigios (1999) hasta Diario animal (2016) ha pasado mucha agua bajo el puente, quizá por eso Miguel ha anunciado que este libro es parte de un largo proyecto y, a la vez, de un solo texto que empezó a escribir en los 90 y que, además, cierra todo un ciclo de trabajo poético (ciclo de despedida y de inicio) que no solo refleja completud y realización dentro de su línea estética, sino también un decir poético lleno de apuestas y propuestas: un canon poético de la madurez, además de cantar, en tono mayor, la resistencia a las voces de la destrucción; todos estos signos se entrecruzan para hacernos ver esa latente vena del autor que nos conduce a una épica de la vida que ahora, como en sus libros precedentes, también se nota en este nuevo texto.
El hombre elefante y otros poemas que se podría titular también: El cántico de las criaturas, se divide en dos partes: Los monstruos y Otros monstruos. En Los monstruos la apuesta que hace el autor no es accesoria, y se entiende al concluir la lectura, porque es un juego de espejos, una suerte de recreación de voces y personajes; un desdoblamiento y transmisión de las sensaciones que muestran, de manera más lírica las múltiples voces en tiempos diversos y distancias insondables adquiriendo intensidad y mayor lirismo, casi una metapoética. La idea del autor al seleccionar personajes grotescos, seguramente tiene que ver con la intención de mostrar de estos monstruos su lado humano, sentimental, estético al fin y al cabo. No nos sorprenderá, por eso, encontrar a un Kafka meditativo, a un Van Gogh pintando entre los ojos de los bichos o al Fantasma de la Ópera escuchando unos aplausos en el centro de su inframundo. Tampoco nos será extraño toparnos con un Pinocho tirado entre juguetes empolvados y, no resultará insólito ver desde una ventana al Joven Manos de Tijera deambulando entre un jardín de árboles disecados. En los distintos pasajes o reescrituras hay una suerte de interlocutor ausente, alguien para quien se escribe y que no es un lector anónimo, alguien que recibirá el mensaje para escrutarlo y que lo espera. Aparecen referencias a una época y un lugar, a un dolor físico y emocional, lo que hace que se emparente este libro con los anteriores de Ildefonso, y, por supuesto, este poemario sigue trazando esa línea que marca —en la poesía peruana—, un cierto hito generacional.
Quizá la parte más reflexiva del libro sea la última, Otros monstruos, allí se percibe una gran sensibilidad que se ve expresada por la necesidad de sentido, pues trata de definir al hombre contemporáneo una vez desenmascarados los excesos de la postmodernidad, las carencias del individuo actual y la valoración de la poesía a la luz de los últimos acontecimientos del mundo. En estas páginas finales, intelecto e intuición animan la frondosa poesía de Ildefonso: la poesía es delirio.
En definitiva, El hombre elefante y otros poemas es una poética que embiste el cuerpo central del problema: la presencia y magnificidad de un arte o post-arte, o post-literatura que ni resuelve ninguna de las cuestiones actuales ni procura una definición a los retos más inmediatos. Miguel Ildefonso, con este nuevo poemario, delata un culmen poético, un conjunto de canciones para aliviar la soledad y para recorrer un largo camino, porque escribes desde la nostalgia de una polilla… porque la poesía es otro mundo/ es posible allí dejar de escribir (p.119 / - / 121) porque la poesía, al fin y al cabo, es un silencio útil para descentrar, o al menos poner en tela de juicio a cualquiera de los discursos imperantes de este siglo. Pero no solo eso, El hombre elefante y otros poemas supone, en última instancia, el triunfo de la palabra sobre el discurso.
Arequipa, enero de 2017

En: Letras.s5
http://letras.mysite.com/dbed150217.html

martes, 2 de agosto de 2016

Manifiesto



http://agendacix.org/miguel-ildefonso-manifiesto.html
http://caretas.pe/Main.asp?T=3082&S=&id=12&idE=1237&idSTo=75&idA=73881#.V6D_LtLhDIU
http://www.expreso.com.pe/opinion/enrique-verastegui/el-libro-de-miguel-idelfonso/
http://letras.s5.com/mild221215.html

EL LIBRO DE MIGUEL ILDEFONSO
·         Diario Expreso (Perú)
·         18 sep. 2016
·         ENRIQUE VERÁSTEGUI
Como Pablo Guevara, me gusta tener como amigos a los jóvenes, pero a diferencia de él, también me gusta tener amigos viejos. Así me pasa, por ejemplo, con la amistad de Miguel Ildefonso, poeta de los noventa, a quien he leído desde que empezó a publicar sus primeros libros. Nacido en Lima, y con sus estudios realizados en la Universidad Católica, con una Maestría en Creative Writting, en Texas, este poeta ha recibido también algunos premios importantes, como Los juegos florales de la Universidad Católica, el premio Copé de poesía, los juegos florarles de la universidad de Texas, el premio de poesía Iberoamericana de Tegucigalpa, aparte de algunos premios en cuento. Si bien todos los libros de Miguel Ildefonso están escritos en el lenguaje coloquial, desde donde teorizar sobre el sexo y la historia, las buenas chicas, el amor al arte extremo, la locura y la lucidez, y todos los detalles de que está conformada la vida; también es verdad que el texto que ahora leo: MANIFIESTO, nos estremece hasta el punto de leerlo de un tirón. MANIFIESTO tiene su base sintáctica sometida a prueba extrema, sobre la que florece el pensamiento y la vida: “lo que no muere es esa voluntad,/que crece y aspira a no morir en el surco que conduce /al tren”. No sé pero quizá este es el mejor de sus libros: un bello sacudón a nuestras mentes y nuestros cuerpos. Tres nombres actúan en la semántica de MANIFIESTO: Vallejo de TRILCE, UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO de Rimbaud, y el primer Wittgentein, quienes sustentan la calidad de este libro.